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Paridad electoral en Jalisco: ¿progreso real o mero simbolismo?

La paridad electoral en Jalisco, un avance histórico, enfrenta críticas tanto de quienes la consideran insuficiente como de aquellos que temen sea solo un simbolismo sin fondo.

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Patricia Vega
· 3 min de lectura

¿Es la paridad electoral en Jalisco el avance que tanto esperábamos o se trata simplemente de un parche simbólico para las cicatrices de una política aún desigual? La pregunta no es trivial y, más allá de los aplausos superficiales, se abre un debate que toca las fibras más sensibles de nuestra democracia.

Esta semana, los titulares nos han revelado que en Jalisco, solo se permitirán candidaturas femeninas en ocho municipios, una medida que ha generado una mezcla de alegría y descontento. Yo considero que, aunque este enfoque busca nivelar la balanza, también corre el riesgo de convertirse en un simple gesto sin contenido real.

En primer lugar, los defensores de la paridad argumentan que este es un paso crucial para acortar la brecha de género en la política. No cabe duda de que iniciar un periodo en el que el género femenino tenga una presencia asegurada es una victoria que aplaudir. Tras años de opresión y desigualdad manifiesta, otorgar un mayor protagonismo a las mujeres en la arena política no solo es justo, sino imprescindible.

Sin embargo, al mismo tiempo, esta medida aísla los cargos por género y no garantiza que dicho avance se traduzca en políticas públicas efectivas que beneficien a toda la ciudadanía. Cuando se requieren políticas inclusivas, ¿es acertado limitar las candidaturas con la única variable del género, dejando de lado otros factores esenciales como la competencia, la representatividad comunitaria o la experiencia en gestión?

Y como era previsible, el anuncio no ha escapado al inevitable escrutinio político. Morena Nacional ha indicado que podría impugnar la medida ante el TEPJF. Esta reacción, aunque pueda parecer meramente política, también resalta una incongruencia en la implementación de políticas de paridad que deberían basarse en consensos sólidos y no en imposiciones momentáneas.

Ahora bien, los detractores podrían argumentar que estas normas representan una limitación injusta para los hombres políticos. Sin embargo, es esencial recordar que incluso con estas restricciones, los hombres han dominado históricamente la esfera política a un punto que la paridad no debería ni rechinar como algo radical, sino como un equilibrio de justo necesario.

Llevo años observando que verdaderamente empoderar a las mujeres va más allá de ocupar puestos visibles; implica fortalecer sus capacidades, articular sus voces en un diálogo constante con la comunidad y construir redes de apoyo efectivas. Esta es la clave para transformar las apariencias en realidades concretas.

Por tanto, el verdadero reto de la paridad de género no se encuentra únicamente en las restricciones o en los porcentajes, es un desafío más profundo que requiere compromiso, seguimiento y, sobre todo, sinceridad en la construcción de políticas que realmente aprecien y potencialicen la diversidad inherente en la presencia femenina.

Con estos elementos en la mesa, me pregunto: ¿estaremos legislando lo suficiente para que la presencia femenina en la política deje de ser solo una cuota o un destino forzado y se convierta en una elección natural donde su impacto positivo sea tan claro como innegable?